Culpamos a los jóvenes de mil cosas en lo peor de la pandemia. Les acusamos de llevar mal la mascarilla, de no respetar las distancias o los límites, les responsabilizamos de la llegada de la tercera, cuarta y quinta ola, de no recoger la ropa, de dejarse la nevera abierta, de ser supercontagiadores y, encima, asintomáticos. Les dirigimos miradas de reproche desde ese pedestal que viene de serie con la adultez. Les impusimos el doble de restricciones, las condiciones más duras. Y entonces llegaron los datos. Y mostraron nuestras equivocaciones. Los últimos están en el Informe Anual del Sistema Nacional de Salud, que recopila el Registro de Vacunación contra el covid-19. El estudio confirma, una vez más, que fueron los adolescentes el grupo más responsable dentro de una sociedad ejemplar en la que solo 23 de cada 100.000 habitantes rechazaron la inmunización. Y así, poco a poco, dato a dato, se va demostrando aquel viejo aforismo de Jardiel. El que dice que el gran problema que tiene la juventud es que ya no somos parte de ella.
