DE un tiempo a esta parte, comer bien -pero bien, lo que se dice bien- se ha convertido en un lujo al alcance de muy pocos. Modas y shows televisivos han elevado la alta cocina a un nivel demasiado exclusivo en el que la cuenta amarga la experiencia a quien se sienta a cualquier mesa calzada de “michelines”. Daniel López es una excepción. Mucho se le tiene que ir la cabeza para que el segundo sol de la Guía Repsol le lleve a dejar de ser una opción económica de menú de alto standing. Es el Robin Hood de la cocina. En su casa, la factura es el último bocado. Y no amarga.
