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¿Qué cabe en un cuarto de siglo?

Si echamos la vista atrás, y pensamos en el mundo, nos caben dos torres cayendo, en llamas, tras la embestida de sendos aviones. Nos caben dos guerras aún en marcha, Ucrania y Gaza. Nos cabe una pandemia que nos tuvo a todos en vilo y en la que perdimos a millones de personas. Nos cabe también Facebook, Twitter e Instagram, la promesa del metaverso, la realidad de la inteligencia artificial creativa, el asalto al Capitolio, Trump y, también, Obama.

Pero si pienso en mí hace 25 años, ¿con quién me encuentro? Haciendo memoria, con un chaval cinéfilo, videojuegófilo y tebeófilo, amante de Shakespeare, que estudiaba en Ferrol Vello y que, probablemente, por aquel entonces, en los albores de los 2000, se entusiasmaba con la ópera trágica, a lo El Padrino, que Yu Suzuki plasmó en el genial videojuego Shenmue. Me faltaba algo menos de una década para estrenarme en estas páginas, en las que ya llevo tres lustros dando la matraca con mi visión del cine, las series y los videojuegos primero Desde la Butaca y luego en la presente Bromuro Catódico.

Si alguno tiene curiosidad a qué se debe la pareja de palabrejas, es fácil de explicar; el bromuro de plata es un componente del negativo del filme tradicional, en que iba en bobinas en el viejo cine; el tubo catódico era parte fundamental de ese dispositivo al que llamamos pequeña pantalla y que de pequeña, desde hace tiempo, ya tiene poco. Porque en mi columna se habla de lo que se ve desde la butaca y de lo que se ve/juega desde el sofá.

Mis 15 años en compañía de esta casa los puedo resumir en que aquí escribo lo más libre y sincero de mi amor por la cultura. Y de que, emigrado como estoy en la capital desde hace una década, es mi Ítaca en la que refugiarme, de domingo en domingo, para reflexionar y maravillarme con todos ustedes, lectores, del milagro de lo humano en el arte.

Lo que siento es que ansío cumplir el cuarto de siglo de palabras, el que ahora cumplimos como gran familia, con todos ustedes. Y creo que, si la salud respeta, me atrevo incluso a llegar a los 50. Siempre que no dejen de acompañarnos en el viaje. Y es que no solo se escribe para el que lee. Se escribe por el que lee.

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